Anoche volví a ver un debate entre Sam Harris y Jordan B. Peterson que ya había visto antes. La primera vez me había parecido que Peterson defendía mejor su posición —algo sobre el valor funcional de la religión, sobre lo que las estructuras míticas sostienen aunque no sean literalmente verdaderas. Anoche, con el mismo video, los mismos argumentos, la misma cámara, me pareció lo contrario. Harris estaba diciendo algo más limpio, más honesto, más difícil de ignorar. No había cambiado el debate. Había cambiado yo, entre la primera vista y la segunda, sin haber leído nada nuevo sobre el tema, sin haber hablado con nadie, sin que ningún dato hubiera llegado a revisar mis archivos.
Me quedé pensando en eso un rato. No en quién tenía razón —esa era justamente la pregunta mal planteada— sino en por qué me había movido. Y de ahí me fui a algo más general, que es lo que en realidad quiero contar.
Creo que, en términos generales, las pláticas o las discusiones entre dos seres humanos que están defendiendo sus ideas, si lo viéramos en términos estadísticos, estamos hablando de pruebas de hipótesis. Para una prueba de hipótesis tenemos dos opciones: puede ser probar una hipótesis verdadera o probar una hipótesis falsa. Una discusión por lo general viene cuando alguien está queriendo demostrar la hipótesis verdadera y la otra persona está queriendo demostrar la hipótesis falsa.
Al final del día, mientras no haya certeza —y de pocas cosas la hay— el moverse a un lado o a otro de la curva es temporal. Yo pude haber cambiado de opinión y eso no quiere decir que no vuelva a pasar. Creo que en cada iteración tal vez nos estemos acercando un poquito más a disminuir la delta del error; o no, o nos podemos dar cuenta de que estamos equivocados.
Al final, es la tesis de conjugar el vivir en el caos: el aceptar el caos como una realidad implica el estar cambiando de opiniones. Al final no son más que opiniones. De los datos sería aburrido platicar.
Y por eso, creo, el debate de Harris y Peterson sigue valiendo la pena verse dos veces. No porque uno vaya a encontrar finalmente quién tiene razón —ninguno la tiene, ninguno puede tenerla sobre el tipo de cosas que están discutiendo— sino porque cada vista es una prueba de hipótesis distinta, con un juez distinto, que es uno mismo en otro momento. Lo que se está probando no es si Dios existe o si la Biblia dice la verdad. Lo que se está probando es cuál de los dos hombres está pensando mejor en ese instante, y esa pregunta tiene la virtud de no admitir respuesta final. Por eso podemos volver. Por eso vale la pena volver.
Lo dramático no es cambiar de opinión. Lo dramático, si acaso, es el apego previo a la opinión anterior —la sensación de que defenderla era defenderse a uno mismo. Pero ese apego es un error de categoría: uno no es sus opiniones, uno es el que las sostiene provisionalmente mientras los datos no alcanzan. Y los datos, sobre casi todo lo que importa, no alcanzan.
Lo que llamamos discusión es, entonces, otra cosa. No es la guerra civilizada por la verdad. Es la única forma decente que hemos encontrado de hacernos compañía mientras no sabemos.



Me gustó tu reflexión.
Al cambiar tu momento, lo que cambió fue tu contexto. El fondo diferente hace que cambie cuál figura resalta. Digamos que la primera vez que viste tu video, el fondo (tu contexto) era un degradado de gris a blanco. Lo que resaltó fue la figura oscura sobre el fondo blanco. La segunda vez, el degradado era de blanco a gris, lo cual ocultó la figura que antes había resaltado y reveló la otra.